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El estado no es Dios

En este artículo deseo examinar a la luz de la Biblia una de las tendencias más fuertes de los tiempos presentes, y la que más debería preocupar a los cristianos. Y como veremos, tiene también mucha injerencia en la educación.

«…Y se admiró toda la tierra detrás de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella? (…) Y la adoraron todos los habitantes de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue sacrificado desde el principio del mundo. Si alguien tiene oido, que oiga.» (Apocalipsis 13:3-4.8-9)

Esta visión recibió el apóstol Juan ante el trasfondo del imperio romano, cuyos emperadores se hacían adorar como si fueran dioses.
En el imperio romano se adoraban muchos dioses. Cada uno era libre para adorar a cualquier dios que deseaba. Solamente que había que participar también en el rito obligatorio de quemar un poco de incienso en adoración al emperador.
Fue por esa razón que miles de cristianos fueron martirizados. No porque adoraban a Cristo; eso no era prohibido. Pero ellos se negaron a adorar a otro dios – el César – aparte de Cristo.
La adoración al emperador se dirigía no solamente a él como persona individual. El emperador representaba la entera institución del imperio, que se resumía con: «El senado y el pueblo romano». Es que antes de surgir los emperadores, Roma había sido una república casi democrática. Tenía su parlamento, el senado; y tenía una forma de separación de poderes. Cuando Roma se convirtió en un imperio, las formas democráticas se mantuvieron según la apariencia exterior. El senado siguió ejerciendo sus funciones; pero los emperadores manipulaban y presionaban a los senadores para que hicieran la voluntad del emperador. El imperio romano era una dictadura militar disfrazada como democracia. Este detalle es importante para entender los tiempos actuales.
Entonces, adorar al emperador significaba a la vez reconocer que la entera institución del imperio era divina. En la profecía bíblica, una «bestia» no significa una persona individual. Significa un reino o gobierno, un «sistema» entero. Eso se nota claramente en la visión de Daniel acerca de las cuatro bestias (Daniel cap.7).
Los primeros cristianos sabían muy bien que ningún hombre, y ninguna institución, puede ocupar el lugar de Dios. Por eso se negaron a ofrecer incienso al César.

La visión de Juan es a la vez una profecía de lo que sucederá en los últimos tiempos antes de la segunda venida de Cristo. Una «bestia», con carácteristicas similares al imperio romano, gobernará sobre el mundo entero. Y esa bestia exigirá ser reconocida como dios y salvador del mundo.

No debemos pensar que esa bestia se presentará sorpresivamente para instituir una dictadura mundial. Si lo hiciera de esa manera torpe, el mundo se rebelaría contra ella. Mas bien, está influenciando al mundo poco a poco, a renunciar a sus libertades y derechos, y a ceder cada vez más poder a la bestia. Por varias décadas ya, el mundo ha sido sometido a una campaña de propaganda y lavado del cerebro por parte de los gobiernos, los medios de comunicación (inclusive las grandes empresas y «redes sociales» que controlan la internet), y los sistemas escolares. El mensaje siempre es el mismo, aunque en diversas variaciones: «El estado es el encargado de solucionar todos los problemas. Si algo no funciona, si la gente está sufriendo, si hay injusticias, ¿qué hay que hacer? Reclamar al estado que lo solucione. Necesitamos un gobierno más fuerte, un gobierno más poderoso, y entonces los problemas se solucionarán.» – Si eso se pone en práctica de manera consecuente, ¿cuál es el resultado final? Obvio: una dictadura. La forma de gobierno donde el estado es más fuerte y poderoso, es la dictadura.
Si pudiéramos por unos momentos librarnos de la influencia omnipresente de la progaganda, entonces veríamos que en realidad, en muchas ocasiones, el estado genera problemas, sufrimientos e injusticias, que sin su interferencia no existirían. Cuánto más fuerte se hace el estado, más aumentan esos problemas.

Mientras escribo esto, encuentro un editorial reciente en un diario peruano: «300 mil víctimas de un plan estatal cuyo fin era reducir la pobreza aún esperan justicia. Resulta increíble que el argumento usado para esterilizar a casi 300 mil personas durante el gobierno de Alberto Fujimori haya sido la lucha contra la pobreza. Entre 1996 y 2000, según un informe de la Defensoría del Pueblo, se realizaron 272.028 ligaduras de trompas y 22.004 vasectomías. 19 personas fallecieron por complicaciones postoperatorias.» («La República», Lima, 12 de mayo de 2021)
Lo más irónico – y trágico – son las circunstancias en las que se escribe ese editorial. En este mismo momento, nuevamente millones de personas por el mundo entero están siendo sometidas a unas medidas forzadas como aislamiento, prohibiciones de trabajar y de viajar, protocolos sanitarios cuya eficacia nunca se comprobó científicamente, etc; y están siendo manipuladas o presionadas para participar en experimentos médicos novedosos cuyas consecuencias nadie conoce. Al mismo tiempo se libra una guerra sucia contra medicamentos accesibles y eficaces que han estado en uso por décadas. Todo eso bajo el argumento de supuestamente reducir las enfermedades. Pero algunos de los riesgos de esos experimentos ya son conocidos: La mitad de los peruanos perdieron su trabajo, y muchos se hundieron en la pobreza; uno de cada tres niños sufre trastornos psicológicos serios; en el mundo entero se dispararon los suicidios; mucha gente tiene su sistema inmunológico debilitado por ser obligados a un estilo de vida malsano, y por la psicosis colectiva, de manera que ahora corren un mayor riesgo de enfermarse que antes; y los números de las víctimas de los efectos adversos de las intervenciones médicas experimentales ni siquiera se publican en el Perú, pero de otros países se sabe que son números muy elevados. El año pasado, el Perú estuvo bajo arresto domiciliario durante cuatro meses. Hacia el fin de ese período, en vez de mejorar su situación, el Perú había saltado al número 1 de la estadística mundial de muertes por millón de habitantes.
De aquí en veinte años, si este mundo todavía existe, seguramente se escribirán editoriales de cómo los millones de víctimas de esas políticas erradas siguen esperando justicia.

Todo eso son consecuencias de las pretensiones de los gobiernos, de actuar como si fueran el salvador del mundo. Dios nos dice que pongamos nuestra confianza en Él, no en los gobernadores de este mundo:

«Mejor es confiar en el Señor, que confiar en el hombre.
Mejor es confiar en el Señor, que confiar en príncipes.»
(Salmo 118:8-9)

«No confíen en los príncipes, ni en un hijo de hombre,
porque no hay en él salvación.
(…) Bienaventurado aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob,
cuya esperanza es en el Señor su Dios …»
(Salmo 146:3.5)

«El temor al hombre pondrá un lazo;
pero el que confía en el Señor, será levantado.
Muchos buscan el favor del príncipe;
pero del Señor viene el juicio de cada uno.»
(Prov.29:25-26)


Veamos unas áreas en particular, donde la propaganda ya nos ha acostumbrado a creer que son dominio del estado:

La ayuda a los necesitados.

Se cree hoy en día que el estado es el encargado de proveer por los pobres, de «crear empleos», y de incentivar de diversas maneras el abastecimiento material y financiero de la población. ¿Y cómo se financia eso? – La propaganda nos lo hizo olvidar, pero el estado no tiene dinero, excepto lo que nos quita a nosotros. O sea, el estado nos empobrece a todos, para después devolver a algunos de nosotros los bienes que les quitó. Cuando esa idea era relativamente nueva, todo el mundo la identificaba fácilmente como un postulado del comunismo y marxismo radical. Pero hoy en día, casi todo el mundo lo cree, aun quienes declaran ser opuestos al comunismo.

(Nota: Hoy en día, la propaganda ha avanzado a tal punto que se puede hacer creer a la gente que uno pueda ser «marxista» sin ser «comunista». A los que creen eso, les hago recordar que uno de los escritos más influenciales de Marx era precisamente el «Manifiesto comunista».)

¿Qué dice la Biblia al respecto?

Dios es el proveedor de todos.

«El Señor es mi pastor; nada me faltará.» (Salmo 23:1)
«Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni sus descendientes que mendiguen pan.» (Salmo 37:25)
«Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo.
Abres tu mano, y colmas de bendición a todo ser viviente.» (Salmo 145:15)
«No se afanen, pues, diciendo: ¿Qué comeremos?, o ¿Qué beberemos?, o ¿Qué vestiremos?. Porque las naciones buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todo esto.» (Mateo 6:31-32)

Por tanto, confiar en el estado como proveedor es idolatría.

Dios ordenó la economía de manera que cada uno puede y debe alimentarse por el trabajo de sus propias manos.

«El ladrón no robe más, sino que trabaje, obrando con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el necesitado.» (Efesios 4:28)
«Porque oímos que algunos de entre ustedes viven desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando tranquilamente, coman su propio pan.» (2 Tesalonicenses 3:11-12)

En una sociedad que honra a Dios, no hay necesidad de que el gobierno «cree empleos». Cada uno (excepto los enfermos y discapacitados) puede crear su propio trabajo y de esta manera servir a sus prójimos y mantener a su propia familia. Pero hoy en día, a menudo es el mismo gobierno que impide eso: Con sus trámites burocratizados impide que un ciudadano común abra su propio negocio u ofrezca sus servicios; y con impuestos elevados impide que pueda vivir de sus ingresos. (Restricciones similares vienen ahora también de parte de unas grandes empresas que monopolizan ciertos servicios y productos, y de esa manera también ejercen prácticamente funciones de gobierno.)

Cada persona individual es responsable de ayudar a los pobres; cuánto más los que tienen riquezas.

«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.» (Mateo 19:21)
«Por tanto entonces mientras tenemos oportunidad, obremos lo bueno hacia todos, y más hacia los del hogar de la fe.» (Gálatas 6:10)
«A los ricos en el tiempo presente manda que no sean altivos, ni pongan su esperanza en la riqueza insegura. En cambio, [que pongan su esperanza] en el Dios viviente, el cual nos provee con todo ricamente para que disfrutemos. Que actúen con virtud, que sean ricos en buenas obras, sean generosos, dispuestos a compartir.» (1 Timoteo 6:17-18)

Según los principios bíblicos, compartir con los pobres es algo que corresponde a cada uno. No por obligación del estado, pero en responsabilidad ante Dios. Y esos donativos se iban directamente a los pobres. No tenían que pasar por un colador de burocracia estatal, donde la mayor parte de los fondos quedan atrapados en las manos de unos funcionarios.

Una alta carga de impuestos es un castigo de Dios sobre un pueblo que le ha desechado.

«Y dijo el Señor a Samuel: (…) A mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. (…) Así hará el rey que reinará sobre ustedes: (…) Tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos (…) Y ustedes clamarán aquel día a causa de vuestro rey que se habrán elegido, pero el Señor no les responderá en aquel día.» (1 Samuel 8:7.11.14.15.18)


El cuidado por los enfermos.

Por mucho tiempo ya, la propaganda nos ha inducido a creer en la «salud pública». ¿Qué es «salud pública»? – Solamente una persona individual puede diagnosticarse como «sana» o «enferma» en el sentido médico; pero no el «público» en general. Y desde tiempos antiguos rige el secreto profesional de los médicos, que les prohíbe divulgar informaciones acerca de la historia clínica de sus pacientes. Eso testifica de que la salud es un asunto privado, no público. No existe algo así como «salud pública».
Sin embargo, desde el año pasado, los gobiernos del mundo exigen agresivamente el acceso y control sobre los datos acerca del estado de salud de la población entera. O sea, de hecho se ha abolido el secreto médico (aunque los noticieros nunca nos informaron acerca de este suceso grave.)
Lo que quieren decir realmente cuando dicen «salud pública», es «control estatal de la salud de cada uno». (Acerca de este uso propagandístico de la palabra «público», vea también: ¿¿Escuelas públicas?? – Esta confusión deliberada entre «público» y «controlado por el gobierno» también se puede trazar desde el Manifiesto comunista.) O sea: Ahora que ya hemos aceptado que el gobierno deba cuidar a los enfermos, la propaganda va un paso más allá y nos dice que el gobierno también deba ordenarnos, con todo detalle, lo que debemos hacer o no hacer respecto a nuestra salud. En última consecuencia, que nuestro cuerpo y su estado de salud pase a ser propiedad del estado.

¿Qué dice la Biblia al respecto?

Dios es Señor sobre salud y enfermedad, y es el Sanador de los enfermos.

«Si oyes atentamente la voz del Señor tu Dios, y haces lo recto delante de sus ojos (…), ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré á ti; porque yo soy el Señor tu Sanador.» (Éxodo 15:26)
«Y [Jesús] expulsó a los espíritus con la palabra, y sanó a todos los que estaban mal, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías: ‘Él llevó nuestras debilidades, y cargó nuestras enfermedades.’ » (Mateo 8:16-17)
«Si alguien entre ustedes está enfermo, llame a los ancianos de la asamblea, y oren sobre él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al agotado, y el Señor lo levantará.» (Santiago 5:14-15)

La Biblia no rechaza los tratamientos médicos. Pasajes como 2 Reyes 20:7, Ez.47:12, Jer.8:22, hablan positivamente de la medicina. La medicina aprovecha las propiedades curativas que Dios mismo puso en ciertas plantas y sustancias. Pero esos tratamientos son administrados por médicos y personas conocedoras de salud, en el libre ejercicio de sus funciones. De ninguna manera es justificado bíblicamente, que el estado imponga ciertos tratamientos y prohíba otros, o que el estado asuma un monopolio sobre el cuidado de los enfermos.


La educación de los niños.

Durante el entero siglo 20, se nos ha adoctrinado en la creencia de que el estado sea el encargado de educar a los niños. Esa propaganda ha sido tan eficaz que hoy en día, muchos padres y madres ni siquiera se creen capaces de educar a sus propios hijos, como lo han hecho los padres y madres durante miles de años.

¿Qué dice la Biblia al respecto?

Los encargados de educar a los niños son sus padres.

«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón, y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes …» (Deut.6:6-7)
«Porque yo fui hijo de mi padre, delicado y único delante de mi madre. Y él me enseñaba …» (Proverbios 4:3-4)
«Y ustedes padres, no hagan airarse a sus hijos, sino que aliméntenlos en educación y amonestación del Señor.» (Efesios 6:4)
Dios manda a los niños obedecer a sus padres (Efesios 6:1). No existe ningún mandamiento comparable que dijera: «Niños, obedezcan a vuestros profesores».

El único sistema escolar que se menciona en la Biblia, es el del «tutor» o «ayo» («paidagogós» = pedagogo en griego) que se menciona en Gálatas 3:24-25 y 4:1-2. Era usual en las familias de clase media y alta, tener un «tutor» o «pedagogo» que se encargaba de los niños. Ese «pedagogo» no era ningún funcionario del estado. Al contrario, ¡era un esclavo del padre de la familia! Así confirmaban también los usos de la sociedad en general, lo que dice la Biblia: La educación de los niños está bajo la autoridad del padre, no del estado.

Por causa del monopolio estatal sobre la educación, el gobierno tiene ahora también un monopolio sobre la adoctrinación ideológica de los niños. Y así se cierra el círculo vicioso: El estado enseña a los niños desde pequeños, a creer en el credo del estatismo:

«El estado es mi proveedor.
El estado es mi sanador.
El estado es mi educador.»

Y esos niños, cuando llegan a ser adultos, no pueden imaginarse otra cosa que entregar a sus propios hijos también a la educación estatal.

De hecho, revisando los libros escolares que actualmente se usan, encontramos que mayormente consisten en propaganda a favor del estatismo. Por ejemplo, hablan de la protección del medio ambiente, pero no bajo la perspectiva de que el mundo es creación de Dios y cada uno de nosotros es responsable de cuidarlo. En cambio, presentan al estado como el responsable de cuidar el medio ambiente, con la creación de áreas protegidas y promulgando muchas prohibiciones y nuevos impuestos. Hablan del cuidado de la salud – pero no dicen que tenemos un sistema inmunológico que nos protege contra enfermedades, ni dicen como podríamos fortalecerlo. En cambio, enseñan que debemos hacer caso a todos los mandamientos del gobierno, y entonces seremos protegidos contra las enfermedades. En todo, se presentan las políticas del gobierno como la solución. Y aquellos temas que no se pueden politizar tan fácilmente, tales como química y física, parece que se botaron del currículo escolar por completo durante el año pasado.

Además, notamos en los libros escolares y en la propaganda en general, que el enfoque se está desplazando poco a poco, desde el gobierno nacional hacia las organizaciones internacionales. Eso indica que efectivamente se está preparando el cumplimiento final de la visión de Juan, donde el poder ya no está en las manos de estados soberanos, sino en las manos de un gobierno «sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación».


El objetivo de todo eso es un gobierno totalitario. O sea, un gobierno que reglamenta y controla todos los aspectos de la vida humana sin excepción. En otras palabras, se quiere atribuir al gobierno los atributos divinos:

Quiere que el gobierno sea omnipotente: Que pueda obligar a cada ciudadano a hacer cualquier cosa que el gobierno quiere, sin que el ciudadano tenga algún recurso en contra de la arbitrariedad y violencia por parte del gobierno.

Quiere que el gobierno sea omnipresente: Que pueda vigilar a cada ciudadano todo el tiempo, las 24 horas del día. Que el gobierno tenga conocimiento acerca de cada detalle: dónde te encuentras, con quiénes te comunicas, lo que hablas y escribes, tu estado de salud, tus transacciones financieras … absolutamente todo. Que nada y nadie se pueda esconder ante los ojos y oídos vigilantes del estado.

Quiere que el gobierno sea omnisciente: Que sea el gobierno quien define cuál es la verdad. Que nadie pueda contradecir al «conocimiento superior» que es divulgado por el estado. Que todas las opiniones y todos los hechos contrarios al narrativo oficial del estado sean censurados, eliminados y castigados.

El estado todopoderoso quiere hacernos creer que él es encargado y capaz de librarnos de todas las amenazas y emergencias. Que el estado va a revertir el cambio climático, que el estado va a erradicar las enfermedades, que el estado va a alimentarnos en la hambruna, que el estado va a desviar los asteroides que podrían colisionar con la Tierra … – todo eso, si nosotros somos sumisos y obedientes y cumplimos al pie de la letra con lo que el estado nos ordena. Entonces, si las promesas no se cumplen, es nuestra culpa – porque no hemos sido lo suficientemente obedientes.

El totalitarismo no tiene afiliación política. Partidos que se llaman de la «izquierda», como los que se llaman de la «derecha», son igualmente infectados por él. Tampoco tiene afiliación religiosa. Católicos, evangélicos, y ateos por igual, se han convertido en sus seguidores.

Esta es la meta última de los cambios en la política de los gobiernos que sucedieron últimamente, de manera coordinada en el mundo entero. Ya es lo suficientemente preocupante que se hayan abolido los derechos humanos, y que todo apunte a la introducción de una dictadura al nivel mundial. Pero aun más allá de eso, se nos influencia de manera subliminal para que finalmente aceptemos a ese gobierno como Dios.


Hoy en día, muchos cristianos dicen que hay que hacer todo lo que el gobierno manda, y citan Romanos 13:1: «Toda persona se someta a las autoridades predominantes. Porque no hay autoridad sino por Dios, y las autoridades existentes son colocadas por Dios.» ¿Significa eso que debemos tener a las autoridades como dioses, si ellas lo exigen así? – De ninguna manera. El mismo capítulo Romanos 13 continúa así: «(…) ¿Quieres no temer a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque te es siervo de Dios para lo bueno. Pero si haces lo malo, teme; porque no sin razón lleva la espada, porque es siervo de Dios, vengador para ira contra el que practica lo malo.» (Versos 3 y 4). Aquí dice claramente para qué es el gobierno: Para alabar las obras buenas, y para castigar lo malo. O sea, para administrar justicia, según los criterios de Dios. Sigue siendo Dios, no el gobierno, quien define qué es bueno y qué es malo. Y el gobierno no está para alimentar a los pobres, ni para sanar a los enfermos, ni para educar a los niños, ni para decirnos a quién debemos adorar. Un gobierno que quiere imponer órdenes acerca de esas áreas, está sobrepasando los límites de sus competencias asignadas por Dios. El principio bíblico general es el que enunció Pedro ante el gobierno de Jerusalén: «Hay que obedecer a Dios más que a los hombres.» (Hechos 5:29)
Pablo escribió la carta a los romanos, cuando los emperadores todavía no habían empezado a perseguir a los cristianos. En cambio Juan recibió su visión del Apocalipsis unos 30 a 40 años más tarde, cuando la verdadera naturaleza del imperio romano ya se había hecho muy obvia. Romanos 13 no es la palabra definitiva acerca de las autoridades. Como mínimo, tenemos que considerar también Apocalipsis 13.

Negarse a idolatrar al estado, no es «rebeldía». Rebeldía sería, intentar derrocar al gobierno. Dios nunca dijo que los cristianos hicieran eso. Los cristianos en el imperio romano seguían obedeciendo al gobierno, en todo lo que pudieron obedecer con conciencia limpia ante Dios. Pero se negaron a idolatrarlo.

Tristemente, aun las iglesias evangélicas están preparando a su gente a recibir la marca de la bestia. Ellas mismas enseñan que hay que «someterse bajo la autoridad«, sin examinar, sin hacer preguntas, sin ejercer discernimiento. Esta es una de las señales más llamativas de que vivimos en la apostasía de los últimos tiempos, que está profetizada en 2 Tes.2:3. Solamente los que aman la verdad, serán capaces de detectar y resistir las mentiras que se están difundiendo en estos últimos tiempos (2 Tes.2:10-12).

Daniel y sus amigos se habían «propuesto en su corazón, no contaminarse» (Daniel 1:8), cuando todavía no se encontraban en una situación de vida o muerte. Por eso pudieron mantenerse firmes aun más tarde, cuando sus vidas sí estaban amenazadas. En el mundo occidental, la mayoría de los cristianos todavía no están en peligro de muerte cuando se niegan a aceptar al estado como omnipotente, omnipresente y omnisciente. Pero desde el año pasado, el precio empezó a aumentar considerablemente. ¿Usted ya hizo su decisión fundamental, si va a adorar a Dios o a César? Si no, es urgente que lo piense bien.

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Por qué no es buena pedagogía, juntar a niños de la misma edad

Este artículo es la continuación del anterior: «De la importancia de tener hermanos mayores y menores». Allí hemos visto la dinámica positiva que se desarrolla en una familia sana entre hermanos mayores y hermanos menores. Hemos visto que Dios en Su sabiduría diseñó la familia de esta manera, con niños de distintas edades que crecen juntos, aprendiendo unos de los otros, y aprendiendo a valorarse mutuamente.

Entonces, ¿qué consecuencias tiene este diseño sabio para el sistema escolar?

Gran parte del sistema escolar se fundamenta en la separación de los niños por edades: Cada niño es asignado a su grado estrictamente según su edad cronológica. A cada grado se asignan currículos, planes de enseñanza y objetivos de conocimientos y habilidades específicos. Las escuelas multigrado se consideran «antipedagógicas» y solamente se admiten como «soluciones de emergencia». Con excepción de unas pocas escuelas alternativas que han descubierto que una escuela multigrado es más cerca del modelo familiar, y por tanto más adecuada para el desarrollo de los niños.

La separación por edades se fundamenta con la idea de «juntar a niños del mismo nivel». Los defensores de esta separación desean poder enseñar a todos sus alumnos lo mismo, y con un mismo método para todos. Por eso desean que sus alumnos estén todos al mismo nivel de comprensión y conocimientos. Pero la realidad escolar demuestra diariamente que esto no funciona así. La madurez de los niños de una misma edad varía grandemente. En una determinada sección de tercer grado, por ejemplo, hay niños que pueden competir en matemáticas con niños de quinto grado, mientras otros niños de la misma edad están todavía en la etapa intuitiva y no pueden encontrar ningún sentido en los números que tienen que escribir en sus cuadernos. Además, los que están más maduros en su pensamiento matemático, no lo están necesariamente en su lenguaje o en sus habilidades manuales, y viceversa. Por tanto, la separación de los niños por edades no cumple con su supuesto objetivo, de juntar a niños de un mismo nivel.

En la pubertad, las diferencias individuales en el desarrollo se acentúan aun más:

«En 1959, Goodlad y Anderson publicaron evidencia irrefutable de que el sistema de aulas por grado (inventado en 1847 y adaptado de un sistema militar prusiano de 1536) está equivocado. La Investigación Medford de Crecimiento y Desarrollo del Niño, llevada a cabo durante doce años por la universidad de Oregon (1957-1969), demostró que entre los «alumnos de séptimo grado» existe una variación fisiológica de seis años: Algunos niños de una edad cronológica de 12 años, tienen fisiológicamente solo 9 ó 10 años, mientras otros tienen un desarrollo correspondiente a los 14 ó 15 años. (…) La variación «académica» entre los «alumnos de séptimo grado» refleja una gama de diez años en el rendimiento – desde puntajes correspondientes al tercer grado hasta el décimotercer grado según exámenes tradicionales estatales. No puede existir una clasificación de «séptimo grado» [basada en la edad cronológica], sin embargo, sigue persistiendo hasta hoy como si fuera un edicto de los dioses.»
(Don Glines: «Cien años de guerra contra el aprendizaje»)

Además, la separación de los niños por grados incentiva una mentalidad de competencia que es antisocial. Puesto que, en la teoría, todos deberían estar «del mismo nivel», un niño que se queda «atrás» se considera fracasado. Los niños compiten entre ellos por alcanzar o superar este «nivel» imaginario. Los pocos que están en la punta, desarrollan orgullo y egoísmo. Los muchos que se quedan «atrás», se desaniman, pierden su autoestima y su deseo natural de aprender. En su lugar adquieren una motivación no natural: Estudian para no ser ridiculizados, o para no tener que repetir el año; pero ya no por el deseo de saber y entender. En un sistema así, los alumnos son masificados: pierden su individualidad y su personalidad propia. Ya no valoran su propia manera de ser; ya no pueden entender que es normal que cada niño es diferente. En vez de ver la diversidad como un valor, la ven como un defecto. En vez de ayudarse mutuamente, compiten todos contra todos. A los niños no se les permiten los beneficios de tener hermanos mayores y menores. En cambio, son obligados a una forma de «socialización» que no es natural, y puede ser hasta cruel.

Es un viejo principio pedagógico que no se debe comparar a los niños entre sí: «Pedro es más inteligente que Arnaldo; Carla es más obediente que su hermana; Felipe es mejor deportista que Juan; Anita es más bonita que Fabiola …» Es que en estas comparaciones siempre hay uno que queda atrás, se siente mal y se desanima. También, estas comparaciones en su mayoría resaltan calidades que no son ningún mérito del niño. (A menudo los principios viejos son mejores que los modernos.) – Es mucho mejor comparar a cada niño solamente consigo mismo: «Ya estás entendiendo este tema mejor que ayer. – Parece que hoy tienes un día malo, yo sé que tú puedes comportarte mejor. – El año pasado todavía no podías dibujar vacas; ¡ahora ya puedes!» Así el niño se da cuenta de sus progresos y es animado a progresar más.

Pero el sistema escolar promueve exactamente aquella clase de comparaciones que es dañina para la autoestima y la motivación de los niños: la comparación de los niños entre sí. En cambio la familia (y en cierta medida también la escuela alternativa multigrado) incentiva mucho más la sana comparación de cada niño consigo mismo.

En una familia, es lógico que no se pueden evaluar a todos los niños con un mismo examen. Se entiende que cada uno está a un nivel diferente. Una buena pedagogía consiste en ayudar a cada uno para que avance desde el nivel actual en el cual se encuentra. Juzgar a todos los niños de una familia basado en un mismo examen, sería muy injusto. Pero raras veces los planificadores escolares se dan cuenta de que es igualmente injusto, juzgar a todos los niños de una determinada edad cronológica basado en un mismo examen. Entre estos niños existen tantas diferencias en su trasfondo familiar y cultural, su desarrollo individual, etc, que no podemos tratarlos como si «todos deberían estar en el mismo nivel».

El sistema escolar no premia a los niños más inteligentes o más esforzados. Simplemente premia a aquellos que están un poco adelantados en su desarrollo, o sea, a los niños precoces. Pero no existe ninguna evidencia de que los niños precoces sigan siendo «sobresalientes» cuando sean adultos – a menudo es lo contrario. La velocidad del desarrollo no dice nada acerca de su calidad. A veces, una inteligencia superior necesita más tiempo para desarrollarse adecuadamente. Por ejemplo, Albert Einstein y Woodrow Wilson eran tales inteligencias superiores que se desarrollaron lentamente. Wilson tenía más de diez años cuando aprendió a leer; pero se graduó de la universidad de Princeton a los 23 años, y más tarde fue presidente de la universidad. Einstein no hablaba ni una palabra hasta los cuatro años de edad, y tuvo dificultades de hablar hasta los nueve años. De adulto, fue uno de los científicos más destacados del siglo XX.

¿Por qué entonces las escuelas insisten en que los niños sean estrictamente separadas por edades?
– No puede ser para «juntar a niños del mismo nivel», porque la separación por edades no es apropiada para alcanzar esta meta. Eso es solamente un pretexto. ¿Cuál es la verdadera razón?
Obviamente, la separación por edades facilita la administración estatal de los niños. Es más fácil dictar leyes y reglamentos basados en el año de nacimiento de cada niño, en vez de preocuparse por conocer y atender a cada uno individualmente. No son razones pedagógicas ni científicas, son solamente razones burocráticas, las que exigen que cada niño sea metido en un cajón que corresponde a su edad. Un educador que realmente ama a los niños, no los someterá a este sistema inhumano.

Una comunidad de familias que educan a sus hijos en casa, o una escuela multigrado y activa, no impide que se formen grupos de niños «de un mismo nivel». Al contrario: estos grupos se forman de manera más natural y espontánea que en una escuela separada por edades. Por ejemplo, un niño escoge de la biblioteca un libro acerca de los países del mundo. Pronto este niño se ve rodeado por tres o cinco otros niños que comparten este mismo interés, y leen el libro juntos. Un padre o profesor puede acercarse a este grupo para incentivar sus investigaciones con preguntas y sugerencias adicionales. Se ha formado un grupo de interés que puede estudiar un mismo tema juntos, y lo hacen con más motivación y naturalidad que una clase de niños reunidos forzosamente. – Lo mismo sucede p.ej. con los materiales de matemática. Un material de fracciones será escogido solamente por aquellos niños que han madurado lo suficiente para poder entender estos conceptos. Los niños «del mismo nivel» se juntarán naturalmente alrededor de este material; mientras aquellos que todavía no están listos para aprender sobre fracciones, no lo encontrarán interesante y buscarán un material más fácil.

Entonces, la idea de juntar a niños «de un mismo nivel», no es ningún argumento a favor de una separación por edad cronológica. Al contrario, es un argumento a favor de la escuela alternativa multigrado, la cual permite avanzar a cada niño según su ritmo individual. Y es un argumento a favor de la familia, donde existen mejores posibilidades para educar a cada niño según su nivel efectivo. (Por supuesto, esto no se aplica a una escuela multigrado tradicional, la cual intenta mantener la separación artificial por grados dentro de sus aulas, imponiéndoles un currículo rígido. Solamente se aplica a escuelas que permiten a los alumnos escoger sus actividades, temas y materiales de acuerdo a su propio nivel de comprensión. Vea «Pedagogía de la escuela activa».)

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De la importancia de tener hermanos mayores y menores

La familia es uno de los inventos más sabios de Dios. En el mismo momento de crear al hombre, Dios ya definió la familia como el lugar donde los futuros seres humanos debían nacer y crecer. (Vea Génesis 1:27-28, Efesios 5:31-6:4.) En un artículo anterior hemos visto lo que sucede cuando una sociedad intenta remplazar la familia por otras instituciones, tales como el estado o la escuela: La sociedad entera se quebranta dentro de pocas generaciones. («Las lecciones sabias de la historia para educadores».) Debemos asumir, por tanto, que cada aspecto de la familia tiene un propósito bien diseñado por Dios.

Deseo en este artículo examinar un aspecto particular: En una familia existen normalmente hermanos mayores y hermanos menores. ¿Por qué decidió Dios hacerlo de esta manera? El podría habernos diseñado de tal manera que llegamos a este mundo como personas adultas, sin tener que pasar por las distintas etapas de la infancia. O podría haber creado la familia de tal manera que crezca un solo hijo a la vez, y cada hijo siguiente nacería solamente cuando los anteriores ya serían adultos. O podría habernos creado como los peces, las mariposas, y muchos otros animales, cuyas crías nacen juntas y crecen juntas, teniendo todas la misma edad. (Un planificador moderno de «educación» probablemente lo hubiera hecho así.) Pero no, Dios creó familias humanas con hijos de distintas edades. ¿Cuál será la sabiduría escondida detrás de este hecho?

Creo que podemos encontrar una respuesta, si hacemos la pregunta: ¿Cómo se benefician mutuamente hermanos mayores y hermanos menores? – Estoy hablando aquí de familias que funcionan según el diseño de Dios; no de las familias disfuncionales y desfiguradas por el pecado, de las que hay muchas (desafortunadamente).

En una familia sana, los hijos menores aprenden muchas cosas de sus hermanos mayores: desde habilidades cotidianas como amarrarse los zapatos, hasta conocimientos avanzados. (Por ejemplo, mi hijo menor hasta la edad de aproximadamente once años aprendió casi todos sus conocimientos matemáticos de su hermano mayor.) El ejemplo y la enseñanza de un hermano mayor puede ser más eficaz que el ejemplo y la enseñanza de un adulto. Es que el hermano mayor está más «cerca» del hermano menor (en su edad y en su manera de pensar). Por eso puede haber más comprensión entre ellos, que entre el niño menor y un adulto.

Al mismo tiempo, el hermano mayor también se beneficia de esta relación, porque aprende a ser responsable y considerado, a tener paciencia y misericordia con los más débiles, a compartir sus conocimientos y habilidades con los que saben menos, y a dar un buen ejemplo.

Esta forma de «enseñanza por hermanos mayores» produce aun mejores resultados que la enseñanza escolar por profesores profesionales, como demostró un experimento en escuelas de los Estados Unidos:

«Hace años, unas escuelas en zonas pobres hicieron el experimento de que los alumnos de quinto grado enseñaron a los alumnos de primer grado a leer. Los resultados fueron los siguientes:
Primero, que los alumnos de primer grado aprendieron más rápidamente que otros alumnos de primer grado que fueron enseñados por profesores profesionales.
Segundo, que los alumnos de quinto grado que enseñaron, mejoraron ellos mismos mucho en su lectura. (Muchos de ellos no habían sido buenos lectores.)»
(John Holt, «Teach Your Own»)

¿Por qué entonces no se aplica este sistema en más lugares, si es tan eficaz? – Simplemente porque muchos profesores perderían su trabajo. Para mantener a los profesores ocupados, se sigue manteniendo el actual sistema escolar ineficaz.

Otra ventaja de la familia es la siguiente: Con niños de diferentes edades, es natural que ninguno es igual que el otro. Los niños aprenden a valorar a cada uno en su individualidad. Aprenden en su vivencia que es normal que unos niños ya saben leer y otros todavía no; que unos son buenos en manualidades y otros son buenos en matemática o en ciencias; que cada niño tiene intereses diferentes, y que interesarse por la música no es «mejor» ni «peor» que interesarse por los dinosaurios.

Es cierto que entre hermanos existen también los problemas. (Pero veremos en la continuación que en grupos de niños de la misma edad, los problemas son aun mayores). Una tentación particular para el hermano mayor son los celos contra los hermanos menores. A menudo el hermano mayor siente que él está llevando más carga y tiene mayores responsabilidades, mientras los padres protegen más a los menores y son más complacientes hacia ellos. (Los padres pueden contrarrestar esto, dando a los hijos mayores no solamente responsabilidades, pero también privilegios correspondientes.) – El hermano menor, en cambio, puede resentirse porque es el más débil y no puede defenderse bien contra sus hermanos mayores.
La Biblia nos muestra diversos ejemplos de estas tensiones entre hermanos, como por ejemplo en la historia de José y sus hermanos, o en la relación entre David y sus hermanos mayores. Pero vemos en estas historias, que Dios usó estas tensiones para moldear el carácter de todos los hermanos, tanto de los mayores como de los menores. Aun estas dificultades, que son naturales cuando niños y jóvenes de diversas edades viven juntos, son diseñadas por Dios para un propósito bueno; para que podamos decir al final con José:
«Ustedes pensaron mal contra mí, pero Dios lo encaminó para bien …» (Génesis 50:20)

(Continuará…)

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